Luiz Inácio Lula da Silva fue reelegido presidente de Brasil en la segunda vuelta del 25 de octubre. El candidato del Partido de los Trabajadores obtuvo 64.256.232 votos, equivalentes al 51,79% de los sufragios válidos, según el Tribunal Superior Electoral.
Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal, recibió 59.826.041 votos y alcanzó el 48,21%. La diferencia fue de 4.430.191 votos, un margen estrecho pero suficiente para definir el mandato sin otra instancia electoral.
Participación y escrutinio
El balance oficial del TSE indicó que 128,2 millones de los más de 158 millones de electores habilitados concurrieron a votar. La abstención rondó el 19,2%, por debajo del 21,08% registrado en la primera vuelta.
El presidente del tribunal, Kassio Nunes Marques, informó que 1.551 de las 499.248 urnas utilizadas debieron ser reemplazadas, el 0,31% del total. También señaló que observadores nacionales e internacionales accedieron a los procedimientos de votación, auditoría y fiscalización.
Del balotaje previsto al resultado definitivo
La primera vuelta había dejado a ambos candidatos separados por menos de dos puntos y trasladó la decisión al 25 de octubre. La cobertura previa del balotaje brasileño explicaba esa competencia; el escrutinio definitivo confirma ahora la continuidad de Lula en el poder.
Durante la jornada, una decisión del Supremo Tribunal Federal extendió hasta las 19 el horario de las secciones que continuaban abiertas. Según Nunes Marques, el cambio exigió suspender temporalmente la recepción de boletines de urna porque miles de equipos ya habían sido cerrados. El TSE sostuvo que las adaptaciones permitieron completar el cómputo.
Qué significa para la relación con Argentina
La reelección mantiene al mismo interlocutor brasileño para la agenda bilateral, pero no elimina las diferencias entre los gobiernos. Comercio, energía, infraestructura, coordinación fronteriza y Mercosur seguirán dependiendo de negociaciones concretas, no solo de afinidades o enfrentamientos personales.
El resultado establece quién ejercerá la presidencia, no anticipa por sí mismo la composición de alianzas legislativas ni cada decisión de política exterior. Esos elementos deberán evaluarse con medidas, nombramientos y acuerdos posteriores al inicio del nuevo mandato.
